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Hacerlo, implicaría tener información sobre el estado de conservación de un rango muy difícil de abarcar, desde las pequeñas bacterias y hongos hasta de aquellas que habitan en las profundidades del mar. Nada está excluido, pero clasificar será un proceso paulatino en donde tendrán prioridad aquellas especies que cuenten con información y de las cuales se tengan sospechas fundadas de que presentan problemas de conservación.
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